de comidas españolas se reclinó contra el mostrador y bostezó. Aquellos dos hombres llevaban un par de horas hablando mientras el almuerzo se desarrollaba lentamente, el local ya había quedado vacío y sólo ellos demoraban la hora de cierre. De todas maneras, aunque llevaba muchos años sirviendo las mesas, el mozo no recordaba una pareja tan pintoresca. Uno de los comensales era gigantesco, de cabello color oro viejo ligeramente entrecano y cara rojiza, tonalidad aumentada por el excelente vino escanciado repetidamente. A pesar de tener brazos como grúas del puerto y gruesas manazas, se movía con delicada elegancia. El otro era bajo, ligeramente barrigón, de tez trigueña y cabellos y barba renegridos. Por contraste con la calma del gigantón, hablaba fuerte y reía con facilidad.
Pero lo que más extrañado tenía al mesero, era que ambos amigos –porque se adivinaba una vieja camaradería- consumían a la par una copiosa cantidad de platos españoles, especialidad de la casa. Aunque había una diferencia de por lo menos el doble de volumen a favor de uno de ellos, compartieron a partes iguales una fuente de antipasto regada con sendos potrillos de manzanilla muy fría y a continuación abundantes porciones de arroz a la valenciana salpicado de morrones rojos y mariscos, que merecieron un par de botellas de blanco Torrontés, pura cepa sanjuanina. Cuando cualquiera se hubiese dado por satisfecho, los parroquianos se disponían a elegir un postre en absoluto dietético mientras discutían sobre la bebida que lo acompañaría.
El lugar y el ambiente eran los más propicios para que nadie pudiera colegir que a pesar del clima festivo del almuerzo, estos dos hombres se habían reunido allí para hablar sobre un tema delicado. El más alto era el inspector Silvio Stampa, de origen italiano como muchos argentinos, era descendiente de campesinos del Friuli, de allí su aspecto casi germánico. Durante toda su juventud soportó las bromas que provocaba la contradicción entre su nombre y su tamaño, ya que “Silvio” no parecía adecuado a ese aspecto de oso rojizo.
El inspector había hecho carrera en la policía hasta que fue delegado como enlace con Interpol. En uno de los muchos cursos a que había concurrido conoció al entonces joven profesor Américo Cicculi, encargado de dictar una conferencia sobre “Orígenes y evolución del contrabando en el Río de la Plata”. Como el curso se desarrollaba en París y Cicculi también era argentino, y descendiente de sicilianos por añadidura, tomaron la costumbre de pasar juntos los momentos de ocio que les estaba permitido, y así nació aquella pintoresca amistad. Muchas veces, cuando Stampa se encontraba en Buenos Aires, invitaba al profesor a un encuentro para discutir sobre alternativas de sus respectivos trabajos o simplemente para cultivar la amistad. El inspector solía aprovechar estos intercambios para dejar rodar las ideas que se le ocurrían sobre algún caso en marcha y ponerlas a prueba con las opiniones de su amigo Américo, quien al no estar embebido del razonamiento policial, servía de confrontador lógico, y muchas veces los resultados eran óptimos.
En esta oportunidad Stampa había buscado intencionalmente la ayuda de su interlocutor, quien se vería involucrado en un asunto difícil.
- Legalmente el caso parece muy claro, y no tengo suficientes elementos para insistir con la investigación –decía Stampa luego de un trago de Madeira- Se trata de gente muy conocida, con contactos, y si me equivoco el escándalo me costaría caro.
- ¿Entonces? ¿Que se te ocurre?- preguntó Cicculi.
- Suponiendo que te interese, podríamos repasar todo lo que tengo hasta ahora, ver qué puntos se han dejado escapar y tratar de averiguar lo que se pueda con recursos...diríamos...menos oficiales.
- No entiendo qué puedo hacer yo, si no podés investigar vos con tu placa y todo, a mí me van a echar los perros apenas abra la boca – Cicculi saboreó el último bocado de crema helada y se reclinó en la silla.
- Lo único que necesito por ahora es repasar el expediente, las declaraciones, las pruebas, todo lo que tenemos, con alguien que aporte otro punto de vista. Aunque ya pasó un tiempo hay cosas que podemos ver más a fondo...no sé, en realidad estoy tirando al aire, es pura intuición – el inspector arqueó las cejas y quedó a la expectativa de una respuesta.
- Tengo que dormir la siesta –dijo sorpresivamente su amigo- después podrías empezar por ponerme al día sobre los detalles, digamos, sólo una primera información.


Stampa llegó al departamento del profesor arrastrando una pila de papeles y fotografías. Ambos se instalaron en la pequeña sala al alcance del aire que entraba por un ventanal junto con los ruidos de la calle. Américo depositó sobre la mesa dos copas y una hielera y al momento trajo una botella que exhibía como una presa de caza:
- ¿Que tal? Tengo este Tocai de Villa Atuel, encontré unas botellas a buen precio y las aproveché, ya que viniste vamos a hacerle honores. Es un vino friulano ¿no?
- Éste era Nerses Paloukian, el muerto – el inspector pegó la primera fotografía en una pizarra sin hacer caso del cumplido - empresario de origen francés con negocios en Buenos Aires y Mendoza. Se dedicaba a vinos, textiles y piedras preciosas. Su esposa –pegó la segunda foto- es Lucía Montes Bota, argentina, estaba estudiando en París cuando se conocieron. Como nunca se nacionalizó francesa aunque vive allá, Interpol se interesó en el caso. Tienen una hija –tercera foto- Ilse, de veintiséis años en la actualidad.
Mientras Américo tomaba notas el inspector siguió ampliando detalles.
- Paloukian circulaba por la autoroute du nord hacia el centro, su auto derrapó y se estrelló contra la trasera de un camión en el mismo carril. Por supuesto iba a toda velocidad, el velocímetro marcaba 120 kilómetros por hora. A partir de allí la investigación correspondía a la policía francesa. Éstas son las fotos del coche que nos entregaron. – Pegó en la pizarra fotos del choque desde distintos ángulos y fotos de los detalles más luctuosos que el profesor evitó mirar.
- ¿Cuál fue la causa según ellos? – preguntó Américo. Observó que Stampa paladeaba un trago de vino helado y agregó - El Tocai tiene acidez y cuerpo. Es un vino diferente, liviano pero firme y me gusta el perfume fresco…
El inspector interrumpió las divagaciones de su amigo y se acercó a la pizarra.
- Un perno del extremo de dirección se cortó. Los peritos examinaron de todas formas el perno y las piezas mecánicas. Aquí –señaló algunas fotos del laboratorio – se ve el desgarro del perno, está como torsionado y quebrado, cosa que con estas piezas no debería pasar, la aleación que se utiliza es perfectamente adecuada. Sobre todo en estos autos nuevos y que están previstos para grandes velocidades.
- ¿Eso fue lo que llamó la atención?
- No sólo eso – aclaró Stampa- Cuando se leyó el testamento de Paloukian, además de repartir por partes iguales sus bienes entre madre e hija, se descubrió que poco tiempo antes había cambiado el beneficiario del seguro de vida. Estaba a nombre de Ilse y lo puso a nombre de su mujer.
- ¿Y qué tiene de raro eso? – preguntó Américo.
- Que estaban en trámite de divorcio, separados hace casi un año y para colmo, ella lo había despedido porque le comprobó una infidelidad que llevaba bastante tiempo.
- Algún ataque de culpa a último momento – ironizó Américo.
- Los detalles menores llamaron la atención. Por ejemplo que el finado mantenía una relación muy estrecha con la hija, la tenía de su parte en la pelea con la mujer. Ilse mantiene una amistad desde el tiempo de estudiante con la nueva amante de Paloukian. En fin –Stampa se alzó de hombros- que los abogados y la policía prefirieron dejar todo como está, pero mis jefes olieron algo raro y me pasaron el expediente. A mí tampoco me cierra como un caso de accidente.
- ¿Qué se hizo por el lado de la falla mecánica? Creo que es el punto más flojo – el profesor se acercó a las fotos para examinarlas, aunque no entendía nada de lo que veía.
- El mantenimiento del coche se hacía únicamente en concesionarias de la marca original, la fábrica permitió que se examinaran los pernos que utilizan. Te imaginarás que no les interesa un juicio de responsabilidad criminal. Los técnicos hicieron un muestreo de más de mil pernos del depósito, listos para ser utilizados – el inspector otra vez hizo el gesto con los hombros – Nada, todos estaban en perfectas condiciones.
El profesor insistió:
- ¿Alguna hipótesis sobre eso?
- Tanto los peritos como los técnicos de la fábrica coincidieron que pudo ser fatiga de material, algo causó recalentamiento anterior o un golpe inadvertido que deformó la posición del extremo de dirección y el perno no soportó la torsión.
Cuando Stampa terminó la frase, el profesor bufó y tiró los apuntes sobre la mesa.
- Sigo sin entender – dijo abriendo los brazos – si la investigación va por el tema mecánico, conmigo no esperes nada.
Mientras Américo iba a la cocina por más hielo, su amigo lo persiguió con una sonrisa que trataba de ser apaciguadora. El profesor se volvió y le espetó:
- ¿Por qué ponés esa cara de perro de solterona?
- Porque ahora viene lo que te quiero pedir – dijo Stampa palmeándolo en un gesto de soborno que casi tira al más bajito contra la heladera- Vamos a tratar de averiguar por el lado del seguro, a mí me llama la atención y si se hizo algo para matar a Paloukian ésa debe ser la causa.
- ¿Y qué pensás que puedo hacer yo? – preguntó Américo comenzando a interesarse.
De nuevo instalados en los sillones de la sala, el inspector desarrolló su plan.
- Como madamme Lucía es argentina y vos improvisás bastante bien, pensé que con alguna excusa podrías acercarte a ella y en una conversación de mayor confianza averiguar cosas que nosotros nunca conseguiríamos. Sabés cómo son los interrogatorios. En las charlas personales salen pequeños detalles, matices de las relaciones...en fin, tendrías que arreglártelas para juntar toda la información que puedas y de allí sacar nuevas líneas de investigación. Nosotros no estaremos a la vista ni te presionaremos, pero haremos la logística – cuando Stampa terminó quedó mirando expectante a su amigo. Quedaba pendiente la pregunta fundamental.
- Voy a tener que dejar mi trabajo normal por un tiempo – dijo Américo - ¿Qué salgo ganado?
Stampa se echó hacia atrás y levantando la copa de vino dijo:
- Todos, absolutamente todos los gastos serán facturados a nosotros. Esto quiere decir viajes a Francia, gastos protocolares y demás, hasta el último centavo. Te daremos la cobertura de una empresa comprobable.
- ¿Por ejemplo una investigadora de seguros? – dijo Américo pensando entusiasmado en una temporada en Francia sin gastar un peso.
- Había pensado lo mismo – las palabras del inspector cerraron el trato.
Según su costumbre los amigos partieron a celebrar con una cena a orillas del río de la Plata. Como broche de oro, tropezaron con dos desorientadas turistas que buscaban un lugar donde comer las famosas carnes argentinas.

Para desempeñar su personaje necesitaba un departamento discreto, sin lujos pero bien ubicado, y Stampa se ocupó de eso a la perfección, ubicándolo en un piso cercano a la Rosaleda, a pocas cuadras del boulevard Jean Mermoz. Con la credencial de una investigadora de seguros insospechable se había presentado a la casa de Lucía Montes Bota, una construcción sobria, de buen gusto, ubicada fuera de los circuitos de moda. El profesor había declinado la facilidad de alquilar un coche en París. No se tenía mucha confianza manejando fuera de su geografía habitual, y fue caminando como llegó frente a un cerco de tuyas bien recortado desde el cual se podía entrever un frente pintado en verde pastel, techos de teja y multitud de plantas, algunas en el esplendor de la floración. El detalle llamó la atención de Américo, porque no es habitual encontrar esa profusión de arbustos y vegetación en un jardín europeo actual.
También se hizo notar la falta de empleados de seguridad. El profesor no fue interceptado en ningún momento hasta que trepó los dos escalones del porche e hizo sonar el llamador. La mucama que le atendió se apresuró a marchar en busca de la dueña de casa sin tomarse la molestia de cerrar la puerta.
Y aunque las primeras conversaciones fueron muy formales y en francés, el hecho de ser ambos argentinos hizo que comenzaran a hablar español, aumentando así la confianza y la familiaridad. La mañana discurrió apenas fresca, una brisa del sur hacía flamear las cortinas de un amplio ventanal y la señora Paloukian, ataviada con un suelto vestido marfileño hacía los honores sirviendo ella misma los tragos. Américo paseaba la vista por ese planeta suave compuesto por planos que se fundían en luces y sombras creando un clima de molicie donde bailaban los tonos de la música que emanaba de equipos invisibles. En cada superficie horizontal brotaban chispazos de tulipanes rojos, el único efecto restallante en esa pálida escenografía.
Con un suspiro que hizo lo posible por disimular, Américo consideró que ya era suficiente para la primera entrevista.
Pero había surgido un inconveniente inesperado.
La viuda era una mujer que no destacaba por su belleza, pero de ella fluía una suave seducción, muy femenina por cierto, que hizo perder seguridad a Américo. Ya en esa primera entrevista el profesor salió de la residencia reprochándose su estupidez. Si madamme Bota percibía otro interés que no fuera meramente formal o amistoso, se pondría a la defensiva nuevamente y hasta podría cerrarle la puerta en las narices si se sentía ofendida.
Camino a su segunda entrevista, Américo perdió buena parte de la tarde buscando tulipanes rojos, cosa muy difícil en esta época del año.
Lucía no pasó por alto el detalle, con un gracioso ademán rozó las flores con su mejilla y pidió a la doncella un recipiente de cristal para acomodar ella misma el ramo.
Luego de la ceremonia de servir tragos, intercambiar opiniones sobre la música que acompañaría la reunión, y siempre tratando con superficialidad los temas que quería averiguar, Américo descubrió que ambos tenían aficiones comunes como el teatro, las exposiciones de arte, la vida bohemia de París en general. Lucía le comentó que por eso había elegido Francia para vivir la mayor parte del tiempo, porque con las prolongadas ausencias de su difunto marido se encontraba sola y lo compensaba disfrutando de lo que tanto le gustaba.
El profesor por su parte hablaba con entusiasmo de la vida cultural de Buenos Aires, insistiendo en que la ciudad poco a poco había recuperado algo de su esplendor de las épocas en que era la capital del arte en América. Se fueron por las ramas hablando del Instituto Di Tella, del surgimiento del rock nacional, del renacimiento de las galerías Pacífico...
Américo le reconocía a su amigo el policía que poco o nada había avanzado en la investigación propiamente dicha. El inspector adivinó en el embarazo de su amigo y sus titubeos cuando hablaba de Lucía que algo más estaba sucediendo. Cuando Stampa acabó de hacer temblar el edificio con sus carcajadas, comenzaron a repasar unos pocos apuntes.
- Comencemos por la hija, Ilse. Cuando tenía que comenzar la Universidad les dijo a los padres que quería vivir en Argentina. Paloukian hizo los contactos necesarios con sus socios armenios de Buenos Aires y la instaló en una casa de familia. Parece que la muchacha no se sentía lo bastante libre y luego de perder un año marchó de nuevo a París. En la temporada siguiente logró irse a Londres, donde estudió psicología siempre provocando peleas familiares por su vida un tanto alocada. Hasta ese momento el padre hacía el papel de comprensivo, y la madre era la bruja que trataba de poner orden. Ilse obtuvo una beca para cursar el doctorado, entonces pareció que iba todo bien, que sentó cabeza, hasta que un día el padre, que seguía visitándola con frecuencia, regresó muy enojado por motivos que no quiso compartir con Lucía...es decir, con su mujer. – ante la risotada de Stampa, el profesor se tomó un respiro.
- Sigamos, sigamos – lo animó el inspector. Un poco enfurruñado, el más bajo continuó la lectura.
- Hace tres años Ilse regresó a Francia con una compañera mayor que ella con la que había compartido su vivienda de estudiante en Londres. Sin conocimiento de su padre, movió influencias en el estudio jurídico que atiende a sus empresas y le consiguió trabajo de traductora a esa amiga, que al poco tiempo resultaría amante de Paloukian. Cómo se conocieron y se enredaron es algo que la viuda no sabe, pero un día le pasaron el soplo con el clásico anónimo por teléfono, hizo seguir al marido y efectivamente comprobó que pasaba su tiempo con esta mujer. Se llama Madeleine y es una especie de prototipo. Físico de modelo aunque un poco rellenita, espesa melena pelirroja y bastante tosca aunque cursó la universidad. Nada destacable. Apropósito ¿averiguaron de dónde pudo venir el anónimo?
- Imposible rastrearlo, pero con un hombre como Paloukian pensamos en muchos orígenes, empezando por la hija, también sería observado por gente del negocio, como la viuda es socia accionista, no convenía un escándalo. Por último pensamos en la posibilidad más firme. Paloukian era maduro pero no viejo, se conservada muy bien y tenía su fortuna...un buen partido digamos. Y las mujeres seguramente le tenían echado el ojo, pudo ser alguna que fantaseaba con tener una oportunidad después del divorcio cuando candidato quedara libre.
Américo siguió repasando sus apuntes.
- Una noche la esposa se les apareció en un restaurant con el consiguiente escándalo y lo echó de la casa. Podemos descartar a la hija, porque la siguiente vez que Lucía encontró a Ilse, le recriminó la situación creyendo que la muchacha los habría presentado, pero la tomó por sorpresa. Parece que realmente Ilse ignoraba que su amiga fuera amante del padre.
Stampa interrumpió el relato:
- ¿Qué excusa utilizaste? Hay cosas que ya sabemos, pero tenemos un par de puntas interesantes para considerar.
- Le dije a la viuda que a la compañía le extrañaba mucho el cambio de beneficiario y que una interposición de los abogados de la hija podría demorar indefinidamente el pago del seguro con todas las molestias del litigio. Eso lo puede corroborar con sus propios abogados.
- ¿Hablaron algo sobre posibles sospechosos? – preguntó el inspector
- Absolutamente nada, no menciono nunca la hipótesis de asesinato, sólo hago hincapié en el pago del seguro. Inclusive ella se asombró, porque una vez resuelta la división de la herencia, el monto del seguro es lo de menos. Ni se le ocurriría que pueda ser motivo de un atentado.
- ¡Hay que ver! – Stampa abrió los brazos – Gente para la que medio millón de dólares es lo de menos...
- Las empresas cotizan alrededor de dieciocho millones, y son euros amigo Silvio, es lógico que para nosotros el seguro sea muchísimo, pero estas mujeres heredan nueve millones cada una.
- Bueno, volvamos al caso. De lo que tenemos surgen varias cosas, si ajustamos la mira queda la amante como sospechosa. Aunque Paloukian dejó a su mujer por ella, no hereda ni un centavo...lo cual es raro. Segundo, la hija. Después de una relación idílica, tiene una gran pelea con el padre en Londres. La madre le echa la culpa de los amoríos de éste con su amiga más íntima. Pese a la intimidad, parece que se lo ocultaban, y se puede pensar en otra batalla con el finado, Ilse lo habrá increpado cuando se enteró.
- Y a la amante la habrá agarrado de las mechas...-terció el profesor
- Pese a lo cual no la echó a patadas del departamento – aclaró Stampa
- ¿Quiénes tenían acceso al auto además de Paloukian? – preguntó Américo
- ¿Por qué no leés el expediente? Nadie más que él mismo. Ocasionalmente lo habría manejado su hija, pero siempre con su conocimiento, es imposible sacarlo del garaje sin el mando de seguridad, y sólo lo tenía Paloukian. – el inspector se marchó a servirse más café y Américo le gritó:
- ¿Es posible que hayan hecho una copia?
- No sin una clave de seguridad. La clave sólo la podía cargar el dueño, y por lo que sabemos, no se la dijo a nadie. La policía registra los datos de los conductores para cargarlos en el GPS.
Cuando Stampa volvió a sentarse, el profesor le aclaró:
- Hay contactos comerciales en Argentina que no fueron investigados.
- Ya te dije, es difícil remover las aguas, son contactos con muchas influencias. Pero pensé en ello, por ejemplo en el mercado de piedras preciosas.
- Esa gente puede pagar especialistas y cubrir huellas más fácil que la hija o la amante –recordó Américo.
- Y también son conocidos de la ex-esposa...- el inspector dejó la frase en el aire para molestar más a su amigo. Pero éste se había quedado pensativo. Luego del breve silencio preguntó:
- ¿Y si la dirección no se rompió antes del choque, sino en del choque?
- Podemos volver a los expertos, pero si ésa no fue la causa ¿qué pensás?
- Tal vez la intención no era matarlo, lo encerraron para apretarlo o para secuestrarlo – planteó Américo.
- Esa línea la vimos como hipótesis, pero los testigos no vieron nada. El tipo del camión no tenía ningún otro vehículo cerca, los que venían un poco más atrás no vieron nada y por la caseta del peaje los autos del carril rápido pasaban bastante distanciados, tenemos la filmación. De todas maneras, hay que estar atentos. Un apriete también pudo venir de los socios, o de competidores. – Stampa revolvió papeles y carpetas y seleccionó algunos informes y declaraciones, pero faltaba la película de seguridad de la autopista.
El inspector aseguró que iba a comprobar las matrículas de los coches que cruzaron el peaje a la hora del accidente para rastrear propietarios o posibles alquileres. Américo había separado una carpeta con documentación comercial y vínculos de Paloukian. Sin mirar al inspector dijo:
- Me voy a seguir esta investigación a Buenos Aires.
Stampa se puso de pie y le apoyó una manaza en el hombro:
- Con cuidado Américo, allá estarás solo, podremos darte poca cobertura.
- Me bastará algún contacto de confianza, sea policía o no. Y por supuesto, cierto respaldo oficial, para evitar problemas.
El inspector aseguró que se ocuparía de eso, hablaría por teléfono con un colega de la capital argentina.
- Pero es sólo a nivel personal, interpol no intervendrá – aclaró Stampa.

enfrentado a Lucía Méndez Bota, el profesor se sentía ridículo pasando revista a sus falencias y a sus fantasías respecto de ella. Sin embargo, parte de la sensación de incomodidad brotaba de una extraña corriente entre ambos, algo que antes no había percibido. Cuando la mujer notó sus titubeos y su nerviosismo le preguntó lanzando una risita socarrona:
- ¿Algo le molesta?
Con gracioso además le tomó de las manos el pequeño ramo de tulipanes que ya se había hecho costumbre.
- No, no – Américo buscó una excusa – es que tengo que viajar a Buenos Aires...
Mientras lo tomaba del brazo para conducirlo hasta la mesa de mármol donde depositaría las flores, ella exclamó espontáneamente.
- ¡Qué lindo! Hace unos años que no voy.
Él se sintió nuevamente estúpido balbuceando:
- Bueno, este...yo pensaba...sí, creo que le gustaría la ciudad en otoño...
- ¿Podría acompañarte?- La sorpresa de la pregunta y el tuteo casi hicieron que Américo se cayera de la silla.
- ¿Si me gustaría? – dijo con incredulidad – No me atrevía a proponértelo.
- ¿Y porqué no? Necesito un viaje, y como me hablaste tanto y tan entusiasmado, me parece que sería bueno ir, podrías servirme de guía – Lucía lanzó otra risa franca, divertida.
El profesor jugó unos instantes en silencio con el vaso de vodka hasta que se decidió y arremetió:
- Podríamos ir a cenar para hablar del viaje.
- Me parece lo más adecuado – otra vez la mujer lo sorprendió por la facilidad con que tomaba las cosas – Voy a ponerme algo cómodo, una cena informal ¿no?
El hombre, con la boca abierta, no atinó a responder y Lucía desapareció hacia el interior. Poco después viajaban en la coupé Peugeot de Lucía a través de la ciudad siguiendo las vías rápidas como el boulevard Poincaré hasta l’avenue de Compiégne enfilando a la histórica rue Saint Quentin a un lado del Sena. Aunque ella iba indicando los puntos más importantes del recorrido, Américo viajaba en completo estado de confusión. Perdido en la inmensa maraña de calles y edificios, sin tiempo para mirar con atención los lugares que ella mencionaba y totalmente confundido por el desarrollo de aquella relación, el hombre pensaba cómo seguir adelante. Lucía había tomado la iniciativa y no quedaba más que tirarse de cabeza a lo que viniera, pero esto podía perjudicar la investigación. ¿Y si ella había tenido que ver con el asesinato? ¿Si su actitud no era más que una maniobra para seducirlo y entorpecer todo?
- ¡A la mierda con las pavadas! – pensó Américo- Lo que tenés es miedo, te agarró por sorpresa, imbécil racional, ahora estás en el baile y hay que saber bailar.
En su cabeza el profesor siguió peleando consigo mismo hasta que consiguió dejar la mente en blanco y sumergirse en la realidad.
- Ya llegamos a la Rive Gauche, te va a gustar si preferís algo típico y sin pretensiones. Quizás hasta tengamos suerte y haya algunos artistas conocidos comiendo allí –decía ella en ese momento.
Luego de encontrar un estacionamiento que no estuviese repleto, cosa bastante difícil, caminaron unas cuadras hasta que se divisó la “terrasse” de un bistrôt iluminado. Lucía se tomó del brazo de Américo con total naturalidad.
El profesor detuvo la marcha, miró despacio en derredor absorbiendo el paisaje y la situación y de pronto tuvo una imagen de su juventud, de Rayuela y Cortázar y pensó “Ah! Si el Julio anduviera por aquí” y al momento “¿Y porqué no?”. Ante la sonrisa de Lucía, que todavía no comprendía nada, Américo fue a comprarse un paquete de Gauloises, olvidando que había dejado el hábito.
En el lugar elegido atendieron a Lucía como a una vieja conocida. El ambiente era realmente propicio para una cálida conversación, mucha boiserie de otros tiempos, fotografías de personajes célebres, botellas de colores apagados brillando suavemente, algún affiche de Toulouse Lautrec.
Sin que se dieran cuenta transcurrió mucho tiempo y al finalizar la comida ya hablaban de manera íntima. El lazo establecido era de lo más placentero. Cuando los silencios y las miradas se sostuvieron más de lo corriente, ella dijo:
- Tendría que sacarte una foto justo en este ángulo, con el affiche al fondo.
- No entiendo – Américo la miró sorprendido por su aire de broma.
- ¿Nunca te dijeron que te parecés mucho a Toulouse? – y luego de reír agregó - Tendré que llevarte a tu casa, a esta hora ni pensar en un taxi.
- Vamos y te invito el café – lanzó Américo.
- Acepto.
... irrumpiendo a través de las cortinas, pero ninguno de los dos tenía apuro por desayunar. Horas después, Lucía entró a la ducha gritando que tenía hambre. Américo estaba ansioso por demostrar sus habilidades de cocinero, de manera que se encargó de preparar el almuerzo.
Cuando ella se despidió, parecía que llevaran mucho tiempo siendo amantes.
Aterrizaron en Ezeiza la semana siguiente y el hombre descubrió otra faceta de Lucía. Parecía una muchachita excitada y ansiosa, con los ojos brillantes anticipaba lo que harían, dónde irían y a la vez lo ametrallaba a preguntas.
Cómodamente instalados en el departamento de Américo resolvieron que cada uno aprovecharía el primer día por separado. El investigador dijo que tenía que ir a la sucursal de su compañía, aunque en realidad iba a entrevistarse con el contacto que le había proporcionado Stampa. Por su parte, Lucía iba a visitar por primera vez en mucho tiempo la vieja casona paterna ubicada en Acasusso, en las afueras de Buenos Aires.
El hombre que recibió a Américo era un ayudante de fiscal, ex comisario que había sido compañero del inspector transferido a interpol. La entrevista tuvo lugar en un discreto estudio de abogados que ocupaba un piso sobre la calle Talcahuano a pocas cuadras del Palacio de Tribunales. Sin muchas vueltas, el ex comisario advirtió al profesor que sólo lo atendía en consideración a su amistad con Stampa, pero que no le daba ninguna esperanza de que sus investigaciones en Buenos Aires tuvieran algún resultado.
- Mire amigo –dijo el hombre echándose sobre el escritorio – hace años que estamos sobre los contrabandistas de oro y de esmeraldas de Brasil. En este negocio, como en todo, hay gente honesta, gente no tan honesta y una mafia enmarañada con funcionarios y policías. Nuestro trabajo es muy peligroso, a veces hay “accidentes” ¿me entiende?
Américo asintió con la cabeza sin interrumpir.
- Bien, no quiero sentirme responsable de lo que le pase. Nosotros no encontramos ninguna relación entre la muerte de Paloukian y sus actividades comerciales, pero aquí le doy algunos datos y material que le pueden servir –le pasó un sobre- Sea muy discreto, acá no tendrá ninguna cobertura ¿soy claro?
- Perfectamente, y se lo agradezco por lo que vale – dijo el profesor levantándose y estrechándole le mano a un hombre del cual ni siquiera conocía el nombre real.
Cuando salió, reparó en que ni siquiera podía recordar el rostro del hombre, ninguna característica. “Qué notable-pensó Américo- es como si nunca lo hubiera visto”. Luego se decidió a caminar aprovechando el sol otoñal, llegó hasta la avenida Corrientes husmeando en todas las librerías que abundan por la zona. Hacía tiempo que no se compraba un libro, pero lo que salía en las páginas de “novedades” no lo seducía, no encontraba algo nuevo, algún escritor que lo sorprendiera. Finalmente se decidió por una novela de Pablo de Santis. “Por lo menos es un argentino” pensó.

Cuando Lucía regresó al departamento encontró a su compañero estudiando los papeles y fotografías que tenía desparramados sobre la mesa. Américo se sintió sorprendido, no sabía cuál sería la reacción de la mujer si reconocía algunos socios de su ex-marido en el dossier, pero Lucía estaba nerviosa por la visita a su antigua casa y no paraba de hablar.
- Está tan abandonada, me dio una mezcla de pena y de culpa, tendría que haberme hecho cargo cuando falleció mi madre. La última vez que estuve acababa de separarme, y una casa tan grande y vacía en lugar de servirme de consuelo me deprimió mucho, creo que salí huyendo. Por suerte Nerses se ocupó siempre de mantener al matrimonio que la cuida, pero ahora ya son viejitos y poco pueden hacer. No estaría mal que me acompañaras y me ayudes a pensar una decisión, aunque en realidad no quisiera venderla... ¿Qué te pasa?
Lucía se detuvo de golpe al observar que Américo guardaba apresuradamente las hojas sin responder a sus palabras.
- Estoy preocupado por algunas cosas que me informaron, pero no hay problema, te voy a acompañar donde quieras. Sólo quiero aclararte que si no te invito a venir conmigo durante mis averiguaciones es por dos razones, sería muy aburrido pero también muy peligroso.
- ¿Tan peligroso? ¿Porque no me lo dijiste antes? No es que quiera apartarme, sólo que no es bueno que tengamos tantos secretos entre nosotros, si llega el caso no sabría cómo ayudarte...inclusive estoy pecando de ingenuidad ¿no? – Lucía comenzó a enojarse a medida que hablaba y Américo retrocedía sintiéndose culpable. En alguna medida siempre pensó que la estaba engañando, y decidió ser claro.
- Sentate Lucía, voy a preparar un café y te voy a explicar todo.
Cuando el hombre terminó de contarle lo sucedido desde que en ese mismo departamento el inspector Silvio Stampa le propuso aquella investigación, Lucía más que enojada se veía preocupada, como si las palabras de Américo se relacionaran con sus pensamientos.
- Ahora me parece importante que hablemos de muchos detalles que no conocés – dijo la mujer – Después tenemos que aclarar en qué situación estamos nosotros, primero vamos a pensar en el accidente. A mí al principio tampoco me convenció la explicación, aunque sabía que la policía investigaba conexiones, dieron por cerrado el caso muy fácilmente. Te digo la verdad, tu excusa del seguro me pareció floja, pero pensé que si ayudaba a saber la verdad yo también me beneficiaría, nunca me expliqué porqué no me trataron como a una de las sospechosas.
- En realidad no lo eras –quiso aclarar Américo pero ella lo silenció con un gesto de rabia.
- Después, después. Ahora vamos a comprobar algunas cosas que son dolorosas para mí, no me interrumpas. Nerses me fue infiel a poco de casarnos. Éramos muy jóvenes. Yo corrí a casa de mis padres pero los viejos como suele pasar parecían pensar que era mi culpa. No pasó mucho tiempo hasta que él me vino a buscar y me convenció de volver a Francia. Hice terapia no sólo para superarlo, sino para encontrar maneras de mejorar la relación en el futuro. Debo decir que nunca más lo encontré en algo feo hasta hace tres años, cuando me pasaron el soplo por teléfono. Ahora que lo pienso, mi rabia fue tan grande porque para mí hacía algún tiempo que el matrimonio no tenía ningún estímulo. Se había vuelto una costumbre educada y aburrida. Quiero decir, tal vez esperaba que sucediera algo porque yo nunca daría el primer paso, la terapia también me hizo ver eso, no suelo ocuparme de mí misma, primero mi padre y luego Nerses se hacían cargo de todo...
Lucía quedó pensativa mientras bebía maquinalmente los restos de un café que ya se había enfriado.
- Desde nuestros tiempos de estudiantes, cuando todavía estaba presente el Mayo Francés del ’68, Nerses había cambiado mucho. Cuando mi padre pasó el mal trago y pudo aceptar que vivíamos juntos, aportó algo de capital y contactos, por eso Nerses inició sus negocios en Argentina y a medida que crecía económicamente se convertía en un caballero, cada vez más formal, muy estable, pero sin ese fuego interior que me había seducido tanto. Creo que la primera infidelidad la comprendí porque era un hombre apasionado, la segunda fue producto del aburrimiento, y yo tenía parte de culpa, por eso me dio tanta rabia. Inclusive le oculté que había ido a Londres cuando Ilse vivía allá. Fue desde ese viaje en que nos peleamos tanto que Ilse ya no quiso hablarme, y yo no confié en el padre, o no quise preocuparlo...pero hubiera sido mejor hablarlo. Ilse ya vivía entregada a un desorden peligroso, rodeada de drogadictos, muchachas que se prostituían en busca de emociones o para comprar lo que consumían. Y entonces percibí que tenía una relación con su compañera, esa Madeleine que la siguió a París. Claro, Ilse siempre tenía a disposición dinero que le mandaba su padre.
Aprovechando una pausa de Lucía, Américo preparó más café para ella y mate amargo para él y comentó:
- Entonces supongo que verlo a tu marido con esa mujer empeoró las cosas.
- Fue todo un golpe. Por eso creí que tenía que decírselo a Nerses. Es más, no se lo dije educadamente, se lo grité en medio del restaurant – Lucía lanzó una amarga risita.
- ¿Después de eso Ilse y su padre volvieron a discutir?- preguntó el profesor.
- La mujer ésa negó todo, dijo que no vería más a Nerses, Ilse vino a mi casa a increparme y allí se enteró de la parte que desconocía, se le mezclaron el despecho y la rabia de sentir que la amiguita la utilizó para atrapar a su padre. Poco después Nerses me dijo que había cambiado el beneficiario del seguro y que si se hubiera atrevido hubiera dejado a Ilse sin un centavo. Hubo otra consecuencia que en ese momento no me llamó la atención.
Américo le dio tiempo para reponerse y Lucía continuó:
- Una noche, cuando salía sola de una galería de arte, dos tipos jóvenes me siguieron hasta salir de las luces y me encerraron como para robarme. Pero fueron muy violentos, no les bastó con arrebatarme la cartera y alguna otra cosa. Entonces cayó del cielo el chofer de uno de los autos estacionados allí y en dos minutos los hizo salir huyendo. Era una especie de oso enorme, me imagino que no darían ganas de enfrentarlo. El tipo estuvo muy atento, me acompañó hasta mi coche y me olvidé del episodio. Cuando comenzaron a hablar del accidente de Nerses como posible asesinato, recordé aquél ataque.
Américo había tomado algunas notas y preguntó:
- ¿Qué te robaron?
- Curioso, porque mi guardaespaldas improvisado me preguntó lo mismo y me dí cuenta que había sido sólo la cartera, aunque llevaba algunas joyas. Cuando dije que en la cartera tenía las llaves de mi casa, el hombre me sugirió que avisara a la policía y pidiera vigilancia por esa noche. Nunca lo hice, pero al día siguiente llegó a mi casa un cerrajero que renovó todas las cerraduras y sistemas de alarma.
- ¿Quién lo había enviado?
- Mi ex marido.
La cabeza de Américo daba vueltas masticando la información. Necesitaba pasar en limpio las notas pero veía decaer a Lucía y se preocupó:
- ¿Te parece bien una ducha y a la cama? Te sugiero que descanses un poco, yo voy a trabajar un rato. Después podemos salir a comer y a distraernos, nada de hablar de este tema –trató de levantarle el ánimo, pero la risa le salió lamentable.
Cuando Lucía se alejaba hacia el dormitorio se volvió y le espetó:
- ¿Me usaste?
- ¿Cómo?
- ¿Me mentiste para tener información? – la voz de la mujer, más que enojada sonaba triste.
- Nunca – afirmó Américo- justamente por eso evité tener todo trato personal con vos. Hasta que fue inevitable. Pero creo que me había enamorado apenas te vi, sólo que estabas fuera de mi alcance.
Lucía giró y desapareció.
.. la mujer todavía descansaba. Por curiosa coincidencia el edificio se ubicaba por calle Güemes a mitad de cuadra de Jorge Luis Borges en la zona de Plaza Italia. Dos cuadras más y el hombre llegó a la calle...Armenia.
Utilizando su personaje de agente de seguros el profesor recorrió locales y oficinas de varios comerciantes en piedras. Apuntaba a los que figuraban en los informes que le había facilitado el ex comisario, pero amplió la lista para cubrir sospechas. Como anzuelo mencionaba entre los antecedentes de su compañía haber asegurado a Paloukian, pagando el monto con total celeridad y eficiencia. Ninguno de los entrevistados acusó recibo, pese a que Américo sabía que algunos de ellos habían tenido tratos comerciales con el muerto.

Comenzaba a anochecer cuando regresó al departamento. Había olvidado comprar tulipanes. Al salir del subterráneo de Santa Fe en la estación Plaza Italia, Américo tuvo la sensación de ser seguido. Era muy chapucero en esto, pero empleó todas las tretas que había leído en las novelas policiales. Trató de ver algo en el reflejo de las vidrieras, pero habían comenzado a encender luces y en lugar de lograrlo se encandiló y veía menos. Esperó en la esquina de Borges y Santa Fe hasta que a punto de cambiar el semáforo pegó un salto para interponer los autos delante de su perseguidor. Lo único que consiguió fue un frenazo y una puteada, que llamó la atención sobre él. Se introdujo en la penumbra del hall de otro edificio, pero un hombre que salía lo miró con cara de perro y dos segundos después aparecía el portero preguntándole qué buscaba. Américo se resignó y caminó hasta su casa suspirando con impotencia.
Lucía lo esperaba con una sorpresa. En lugar de la recriminación que él suponía, le dedicó una gran sonrisa y le agradeció por haberla escuchado con paciencia. Hablar de sus preocupaciones le había servido para relajar los nervios.
- Y... ¡Pobre! Te tocó a vos poner la oreja.
- No creas, es muy importante la cantidad de información que me diste para llegar a otro enfoque del caso. ¡Ah! Hoy no traje tulipanes, en compensación, vamos a cenar al centro y te cuento lo que hice esta tarde.
- Acá las flores no tendrían el mismo sentido. Mejor vamos a comprar algo para preparar una cena casera. Podemos alquilar una película y todo eso, y será una velada de reposo- Lucía terminó con una franca risa.
Cuando al llegar a la esquina de Thames una joven les entregó un folleto de propaganda del restaurant armenio “Kendra” no lo tomaron como algo notable, después de todo estaban en el barrio más cosmopolita de la ciudad, pero Lucía dijo apretando el brazo a su compañero:
- No quiero nada que me traiga recuerdos ahora, es una vida nueva para mí.
Cuando Américo emergió de la cocina con una bien preparada bandeja, Lucía lo esperaba sentada sensualmente en el sofá con una botella de Merlot rose, el aroma floral del vino impregnaba el ambiente todavía cálido por el sol del atardecer.
- ¿Por qué los tulipanes?- preguntó él en susurros
Lucía se llevó la copa a los labios y cuando el hombre se inclinó hacia ella, lo rodeó con los brazos y compartió el sorbo en su boca mientras se besaban intensamente.
- Algo que fui trabajando en la terapia, me rodeo de ambientes cálidos, sedantes, sin alteraciones. Pero son casi neutros. Necesito sorpresas.
Luego ella introdujo los dedos en la copa y se salpicó el pecho con algunas gotas, atrayendo la cara de él que comenzó al lamer suavemente siguiendo el recorrido de las pequeñas perlas transparentes. Los dedos salpicaron algo más de vino sobre un pezón y luego el otro.
- Flores rojas, carnales, un poco de exageración en un clima aburrido de señora- dijo
Le tomó la mano y bañó los dedos de Américo en la bebida, luego se los llevó a los labios y los chupó golosamente. Luego agregó:
- También símbolo masculino...erecto...un pene con su cabeza lujuriosa.
Un brillante reguero rosado y oloroso se deslizó sobre el vientre de la mujer hasta perderse entre sus piernas.
, como un desocupado más, Américo caminó despacio hasta avenida Córdoba buscando el bar ABC, aquél de larga historia de tango, olvidando que hacía un tiempo lo habían demolido. Siguió unas cuadras y fue a sentarse bajo el tibio sol de otoño en la vereda del café San Bernardo, justo sobre Corrientes a metros de Armenia. Compró el diario La Prensa, se entretuvo mirando la gente que aparecía y desaparecía por la boca del subte, pidió el café con una medialuna salada y abrió el diario. Pasada la primera hora de dolce far niente, llamó a un lustrabotas con el que intercambió las frases imprescindibles sobre el clima y los aumentos de precios. Cuando el muchacho terminó, le pagó y llamó al mozo, pero en ese instante en la mesa a su derecha tomaron asiento dos hombres jóvenes. El profesor se entretenía observando a la gente y construyendo historias con los detalles llamativos o característicos de cada personaje. Era una especie de compulsión que le había servido cuando trabajaba con Stampa, aunque su amigo muchas veces se enfurecía por el exceso de imaginación de Américo que recordaba cierto personaje de Pirandello. Esta vez le llamó la atención la ambigüedad de los vecinos. Eran delgados pero se podía adivinar que muy musculosos. Tenían movimientos cuidados, como la violencia latente en muchos ejecutivos eficientes y competitivos, pero no se sentían cómodos con sus ropas elegantes. Más bien parecían deportistas embutidos en esos trajes. Deportistas o...
Una voz suave le dijo sobre su hombro izquierdo:
- ¿Le molesta si me siento?
La sorpresa le hizo desparramar el diario. Entre el ridículo de recoger las hojas y responder, Américo eligió lo último.
- Por favor, hay lugar de sobra.
- Sólo unos minutos, me interesa explicarle algo sobre lo seguros que vende – la voz recalcó “vende”.
El interlocutor era un hombre maduro, mayor que Américo, pero con pocas hebras blancas en una cabellera negrísima y bien cuidada. El mozo llegó con una taza de café espeso y aromático que dejó entre las manos del hombre, manicuradas y blancas, pero que conservaban la dureza del trabajador. Los ojos negros miraban al profesor con cierta socarronería que lo intrigó.
- Estimado señor Cucciuli – arrancó el hombre con la misma suavidad- apreciamos lo que usted está haciendo para esclarecer la muerte de nuestro socio y amigo Paloukian. Por supuesto no podemos ayudarle, pero tampoco pensamos entorpecer. También agradecemos al inspector Stampa, es un hombre derecho. En cuanto a la señora Lucía, es viuda y dueña de hacer su vida, pero sepa que la apreciamos, como apreciaremos que usted sea gentil y honesto con ella. Tal vez sea necesario cuidarla ¿no cree?
Américo iba a responder, pero la pregunta era retórica. El hombre prosiguió:
- Cuando esa chica, Ilse, vino a Buenos Aires, se alojó en mi casa. Juzgué que no era buena compañía para mis hijas y se lo hice saber a Nerses.
Hubo un silencio para subrayar lo siguiente:
- Tenía amistades desagradables, en especial cierto corredor de autos que también pasa parte del año en Francia o Inglaterra.
Todavía repicaban estas palabras en la cabeza de Américo cuando el hombre se levantó.
- Invita la casa – dijo como despedida y partió seguido por los dos deportistas.
Antes de regresar a su casa, Américo se comunicó desde una cabina pública con Silvio Stampa. Por la tarde le llegó un correo electrónico con una lista de cuatro argentinos que corrían automóviles de competición en distintos lugares fuera del país y tenían edades adecuadas para ser conocidos o amigos de Ilse. Dos de ellos eran más asiduos en Francia.
Luego de procesar la información, el profesor se ubicó junto a Lucía que miraba una comedia en TV y le anunció:
- Terminé el trabajo en Buenos Aires, si te parece bien, nos tomamos el fin de semana de licencia para hacer lo que quieras y después volvemos a París.
- ¡Fantástico!- celebró Lucía y comenzó a hablar de sus proyectos casi sin respirar.
Los días siguientes fueron al mismo ritmo que la conversación de Lucía. Durante las mañanas paseos en el coche de Américo en busca de lugares pintorescos de la ciudad que él conocía muy bien. Por la noche espectáculos, una maratón del cine a una sala de teatro, luego a un Pub de Puerto Madero donde Lucía circuló luciendo su graciosa figura en busca de alguna cara conocida mientras Américo disfrutaba de la excelente música de jazz. Un capricho repentino de la mujer los condujo hasta la vieja casona de Acasusso. Atravesaron los portones y el auto rodó entre arbustos en un ambiente de hojas muertas y humedad. Cuando entraron a la casa Américo sintió un escalofrío, las paredes del salón desaparecían en una sombra espesa, como acumulada durante años. Lucía encendió algunas lámparas que adornaban los entrepaños y formaban reflejos en columnas cilíndricas que se clavaban en una cúpula invisible. Para el profesor todo era vetusto, deprimente. Metales, mármoles, cortinados, rezumaban la decadencia de una época de lujo.
Lucía, parada en el centro de ese anfiteatro abriendo los brazos y abarcando la escena parecía una antigua fotografía de sí misma. Se veía cansada.
- Aquí nací y me crié hasta que pude viajar –dijo- Mi padre era marino, mi madre mucho menor que él, descendía de una familia de ganaderos que se dice que eran judíos portugueses en la época de la Colonia. Por esos rumores nunca me incorporé del todo a los grupos de chicas del colegio de monjas, y te confieso que ser ignorada me dolió al principio.
Américo se acercó y quiso rodearla con su brazo, pero ella lo apartó con brusquedad desacostumbrada. Luego continuó su monólogo:
- Cada vez que mi padre estaba en casa, mi madre lo desafiaba, provocaba discusiones sin sentido hasta que él desaparecía – a través de un pasillo llegaron a otra estancia donde Lucía encendió más luces – Ésta era su biblioteca, los pocos días que estaba en casa se perdía aquí con sus libros, a veces se hacía traer la comida y sólo salía para caminar por el parque. Le gustaba mucho el parque, era el único que se ocupaba de las plantas –hizo silencio unos instantes- Aunque sé que hubo habladurías, mi madre nunca lo engañó.
Siguieron recorriendo otros pasillos hasta una amplia sala donde la luz provenía de tres enormes arañas con miles de caireles de cristal. Sin embargo en cada una sólo se encendieron dos o tres lámparas, agotadas bajo capas de polvo. Lucía corrió hacia un extremo, abrió un mueble de madera tallada y llegó junto a Américo con una botella de Remy Martin que mantenía lejos tomada con un extremo de su chal apenas entre la punta de los dedos.
- Uno de los lujos de esta casa – extendió la botella- si podés limpiarla tomamos un trago.
La mujer giró tan rápidamente que Américo pensó que estaba con un espíritu de aquel panteón donde todo parecía muerto, pero sólo fue una impresión. Desde otro extremo del salón resonó la voz de Lucía.
- Soy friolenta y acá nunca hubo calefacción.
Américo iba a responder pero no le dio tiempo, la música de un viejo tocadiscos comenzó a reptar por las paredes y a resonar en los cristales. El hombre dejó de poner reparos y se derrumbó en un sillón dejando la botella a un lado. Lucía bailaba en el amplio escenario sonriendo a su figura reflejada en los espejos. Volvió a la realidad cuando ella le arrebató la botella diciendo con voz áspera:
- No soporto los borrachos – Él pensó con pena que ni siquiera había podido descorcharla...
el inspector Stampa señaló la primera fotografía:
- A éste lo tenemos fichado, sabemos que es “mula” de una banda pero no pudimos pescarlo in fraganti. Ahora lo usamos para llegar más arriba en la organización. Este otro – golpeó con el dedo la foto siguiente – parece un fatuo “nene de mamá”. Consigue dinero para sus autos y mecánicos pero a excepción de algunos premios en efectivo no le conocemos los ingresos. No sabíamos que había estado enredado con la hija de Paloukian, supongo que le sirvió para conseguir plata y cuando la secó la dejó.
- O tal vez no, por algo me lo marcó el socio del finado – dijo Américo.
- ¿Le preguntaste a la viuda? – inquirió Stampa
- Nos tomamos unos días para hacer otras cosas, hoy le voy a mostrar la foto.

Con esto terminó la entrevista. Había quedado acordado que le conseguirían al profesor una oficina muy bien instalada en un edificio comercial. Allí se montaría una supuesta asesora de seguros que funcionaría unas pocas horas a la semana, suficientes para cierta maniobra que tenía pensada Américo.
El martes siguiente, exactamente a las siete de la tarde la oficina quedó transformada con sólo diez minutos de trabajo. Cuando llegó Madeleine se hizo anunciar por una secretaria muy atareada y Américo la hizo pasar inmediatamente. Luego de mirar con calma a la mujer unos instantes, el hombre habló con voz neutra:
- Imagino señorita que no tendrá idea del porqué de nuestro interés en hablar con usted.
Madeleine se agitó en la silla y respondió con un tono algo más agudo de lo normal:
- Usted lo ha dicho. Cuando recibí la esquela quedé muy intrigada, espero que me lo aclare.
- Bien, para eso estamos. Como sabrá, el señor Nerses Paloukian contrató un jugoso seguro cuya única beneficiaria era la señorita Ilse Paloukian – Américo utilizaba frases deliberadamente morosas para observar las reacciones de la mujer – A último momento, en forma sorpresiva cambió el titular del beneficio y poco después falleció en un accidente lamentable.
- Ni me lo recuerde –pidió Madeleine – un hombre lleno de vida, buena persona, buen padre...
- Disculpe –interrumpió Américo – pero tenemos la obligación de hacer las cosas bien y a veces eso choca con los sentimientos. El monto de la póliza todavía no se ha efectivizado porque hay que cumplir algunas formalidades. El cambio de beneficiario seguido tan cerca por el fallecimiento ha despertado algunas sospechas. Y también cuando nos enteramos que el señor Paloukian mantenía...digamos...una relación estrecha con usted, nos llamó la atención que su nombre no figurara en ningún documento. Para decirlo en pocas palabras, no le deja ni un centavo. Esto le da un motivo para...digamos, cobrarse de alguna manera.
La joven estalló con rabia desproporcionada
- Es esa mujer, la ex esposa, es una maldita bruja, una intrigante. Ella se cree superior a todos, tiene relaciones con algunos socios de Nerses, tomaba decisiones y gastaba su dinero. Todo porque eran casados y las empresas figuran a nombre de ambos.
- Perdone que le haga algunas preguntas –cortó el profesor- ¿Usted sabe porqué Paloukian se distanció tanto de su hija?
Madeleine hizo un silencio. Disimuló su indecisión buscando un pañuelo en el bolso colorido que apretaba sobre las rodillas.
- Puedo decirle que la mujer le metió en la cabeza una cantidad de mentiras y calumnias.
- ¿Como qué por ejemplo? – insistió Américo
- Que Ilse y yo somos lesbianas.
- Como se imaginará, eso a la compañía no le interesa. No somos vigilantes de la moral de la gente. Pero si se demuestra que así fue como la señora Paloukian logró despojar del seguro a su hija, los abogados podrían tener trabajo.
Madeleine suspendió su falso llanto y miró con ojos atentos a su interlocutor.
- ¿Usted cree?
- Sin duda. Si se fundamenta con testigos y declaraciones que el padre la despojó de su derecho bajo presión, en un arrebato emocional, porque estaba circunstancialmente enojado, los abogados de Ilse podrán hacer rever la medida. Se hablaría de discriminación. No garantizo que tengan éxito, pero sería interesante poner las cosas en su lugar ¿no le parece?- Américo tendió la red y Madeleine estaba a punto de entrar.
- ¿Y qué ganaría yo?
- Creo que le vendría bien el reconocimiento de Ilse, que tengo entendido que le ha hecho favores. Y como a la muchacha no le interesa el dinero aunque se trate de medio millón de dólares, le aseguro que será generosa con usted, sólo bastará que alguien se lo sugiera. Ella podrá vengarse de su madre, a quien parece que odia, y usted mejora su situación.
Después de escuchar estas palabras, Madeleine quedó pensativa. Al mismo tiempo que tomaba conciencia de la gravedad de lo que enfrentaba – abogados, declaraciones y miles de presiones- crecer a ojos de Ilse y salir del proceso con una pequeña fortuna era muy seductor.
- De acuerdo, haremos lo que se pueda –dijo finalmente- Pero no me exija mucho, soy una chica simple y sin recursos, y la bruja es muy poderosa.
- No tenga miedo –aseguró Américo con vos más personal- la estaremos respaldando en todo momento. Por ahora esto es suficiente, hablaré con los gerentes y la volveré a llamar ¿puedo hacerlo por teléfono?
- Sí, desde luego –Madeleine le dio un número y quedó en suspenso otra vez - ¿Y la policía?
- Está arreglado –el profesor se echó para atrás con suficiencia y sonrisa sobradora- Tenemos nuestros contactos aceitados, de algo sirve manejar tanto dinero.
La muchacha celebró con una risita tonta y entonces Américo la sorprendió.
- ¡Me olvidaba! ¿Conoce a este hombre?
Madeleine miró la fotografía del corredor de autos con sorpresa mal disimulada.
- Creo que sí
El profesor hizo un gesto de triunfo
- ¿Se da cuenta? Llevamos las de ganar. Si se puede demostrar que Ilse y este joven tenían una relación, destruiremos el argumento de la viuda sobre su homosexualidad. La presentaremos como una mentirosa, que explotó los prejuicios de su marido.
Madeleine dejó caer la mandíbula sin alcanzar a formular otra pregunta. En ese estado de confusión Américo la despidió aprovechando la urgente entrada de su secretaria.
De más está decir que la “secretaria” era parte del personal que trabajaba con Stampa y que la entrevista había sido filmada íntegramente. En diez minutos la oficina volvió a su aspecto cotidiano.
Viajando por los túneles del metro, Américo recibió una llamada de Lucía advirtiéndole que no fuera a buscarla, que ella iría a su departamento al día siguiente, cosa que no le extrañó pero le obligó a cambiar de recorrido.
Cuando llegó Lucía, Américo no se atrevió a preguntarle en forma directa por el joven de la foto, pero la dejó a la vista, de manera que si ella lo reconocía sería la primera en tocar el tema. La reacción de Lucía fue más allá de lo que su compañero esperaba, porque al pasar distraídamente junto a la mesa reparó en la foto, se volvió a mirarla con atención y lanzó un grito apagado.
- ¿Donde conseguiste esta foto?
- En el expediente policial de Buenos Aires – dijo Américo
- Éste hombre...éste es uno de los que me atacó esa noche – aseguró Lucía.
- Había poca luz... ¿Cómo podés estar tan segura?
- Porque el idiota no se cubrió la cabeza, es el mismo corte de pelo, y en las mangas del abrigo tenía estos adornos con marcas de autos o de lubricantes o qué se yo...estas mismas cosas de colores, se veían bien a pesar de haber poca luz
- Lucía enfrentó a su compañero- ¿Quién es?
- Creemos que pudo tener algo que ver con el accidente. Pero nada claro, recién lo estamos investigando – Américo guardó la foto y cambió de tema.
Por la tarde llegó a la oficina Madeleine, había pedido telefónicamente una entrevista que desde luego Américo le concedió al momento.
- Han detenido a Ilse- dijo apenas entró- tuvo que ir a la policía y no ha regresado.
- Cálmese señorita, no puede estar detenida si no hay cargos – Américo le señaló la silla y pidió un café para ella – Seguramente ha surgido nuevos datos y la policía querrá corroborarlos.
La joven mujer volvió a recurrir a su pañuelo para enjugarse las lágrimas, esta vez reales.
- ¿Qué le van a preguntar? Ya dijimos todo lo que sabíamos.
- Veamos, repasemos todo para saber qué hay de nuevo. ¿A usted la interrogaron? ¿La consideraron sospechosa? – Américo usó un tono intrascendente.
- Me interrogaron igual que a muchas personas, pero nunca me dijeron que sospechaban de mí. Después de todo, tenemos buenos abogados – sin embargo la voz de Madeleine trasmitía duda.
- ¿Ha recibido amenazas?
- ¿Por qué piensa eso?...No, no me han amenazado – Ahora la joven sintió miedo.
- Muy bien, vamos bien –aseguró el profesor – alguien puede pensar que usted sabe algo, en ese caso le harían alguna advertencia, pero la protegeremos. Debemos seguir buscando testigos que juren que Ilse no tiene relaciones homosexuales, es necesario encontrar noviazgos o amantes varones que hayan quedado atrás. Eso también la beneficia a usted ¿entiende? La deja al margen de la vida de Ilse, usted se dedicó por entero a su...digamos noviazgo con Paloukian. Destruiríamos las acusaciones de la ex mujer.
- No estoy muy segura...por mí dejaría todo como está – la muchacha se alzó de hombros y sorbió ruidosamente el café.
- ¿Eso cree? – Américo meneó la cabeza – si comenzaron a investigar a la hija, las declaraciones de la madre tendrán peso, y creo que muy oportunamente comenzamos a reunir pruebas. Sea franca conmigo, ese piloto de carreras ¿tenía algo serio con Ilse?
- Siempre le dije que sólo quería sacarle plata, es un estúpido superficial, le gusta llevar una vida que no se puede pagar – la cólera de Madeleine parecía exagerada.
- Bien, bien, para eso están las amigas. Entonces debemos pensar en algún otro pretendiente...alguien que sea más confiable - Américo tomaba notas con aspecto muy burocrático.
- ¿Usted piensa que los conozco a todos? Solamente a este botarate, porque la fue ver a Londres y después a París. ¡Ah! – recordó de pronto la joven – Un médico francés, parecía buena persona, muy idealista, se fue con esos “médicos sin fronteras” y no lo vimos más... ¡Jajajaja! –la risa de Madeleine sonó extemporánea- Ilse se ponía celosa, porque él parecía indeciso entre las dos. Tuvo muchas atenciones conmigo.
Américo tomó debida nota de estos celos.
- ¿Cómo lo demostró Ilse?
- Nada serio, alguna escenita, después evitaba estar con él y finalmente Jean Luc antes de irse, llamó para despedirse pero ella no lo atendió.
- ¿Habrá vuelto a Francia? – preguntó Américo
- Es posible...pero no creo que sea buen testigo – se desalentó Madeleine
- Déjelo por mi cuenta ¿Jean Luc...? – Américo dejó la pregunta en el aire.
- Valdespins, médico pediatra creo que era –Madeleine se levantó - ¿qué hacemos si la policía insiste?
- Nada, llame a su abogado y póngalo al corriente, verá que no hay porqué preocuparse.
Se despidieron y Américo llamó al inspector Stampa. Ambos hombres cotejaron sus notas en una breve reunión. La citación a Ilse había sido para sembrar la idea de que Madeleine podía ser considerada sospechosa si se descartaban otros personajes. El ayudante de Stampa insistió mucho en que la única que tenía motivo evidente para asesinar a Paloukian era su amante, a menos que se pudiera confirmar otras pistas.
Mientras el inspector mandaba localizar a Jean Luc Valdespins, Américo averiguó que el piloto argentino cuyo nombre era German Vonczek se encontraba en Niza, preparándose para una competición. Un empresario japonés le había confiado un auto y Vonczek tenía a su mecánico de confianza en el equipo. Antes de viajar el profesor logró que le mandaran una foto actual del mecánico. Cuando se la mostró a Lucía ella dudó en afirmar que fuera el otro atacante, pero tampoco lo descartó. Una corazonada comenzó a tomar cuerpo para Américo. Comentó con la mujer que estaría ausente tres días y ella se alzó de hombros diciendo algo como que cada uno tenía su trabajo y se despidieron.
Durante todo el viaje hasta Niza, Américo fue pensando en la estrategia que mejor resultado podría dar. En este momento ya no se podía improvisar, pero no tenía mucho asidero para enfrentar a Vonczek. Finalmente ideó un plan y se durmió.
La voz sonó en español rioplatense detrás del corredor rubio y musculoso. Cuando Vonczek se volvió, el hombre que lo enfrentaba le sostuvo la mirada. Tenía un aspecto tan intrascendente que el piloto se relajó y casi no lo tomó en serio.
- ¿Cómo pasó los controles? – le preguntó al tipo
- Ciertos amigos hacen milagros – respondió el otro – Le invito una cerveza y charlemos.
- ¿Por qué tenemos que charlar? ¿Vende algo?- Vonczek quiso tomarle el pelo, pero algo lo intrigaba.
- No, a usted le interesa lo que tengo que decirle porque mis amigos también pueden ser sus amigos. O no – el hombre sonaba truculento pero no estaba bromeando.
- No tengo tiempo para beber nada, diga lo que tenga que decir – apremió el piloto.
- Ilse Paloukian
- ¿Y qué? Ya no la veo ni quiero saber nada de ella - se ofuscó Vonczek.
Una figura color naranja apareció entre las pilas de neumáticos, mangueras y la parafernalia del box.
- Me han encargado que haga todo lo posible para que cobre el seguro de vida de su padre – dijo Américo reparando en el furtivo acompañante.
- Me tiene sin cuidado – Vonczek se alzó de hombros y amagó irse.
- Se va a interesar cuando le cuente que hay un médico de por medio. Sabemos que Ilse quería...digamos “donar” medio millón de dólares a un amigo. No sabemos a quién, pero le gustan demasiado los coches de carrera. Ahora parece que cambió de opinión y serán para la obra benéfica de este médico –Américo lo miraba fijamente.
- No me interesa en absoluto – el piloto y tratando de esquivar la conversación hizo un gesto hacia donde trajinaba el mecánico.
- También sabemos que usted es el único amigo que le queda desde hace años, o sea que sería el otro candidato. Pero por alguna razón se distanciaron, y eso ahora es algo inconveniente. O tal vez tiene rencores contra alguien cercano a usted –señaló con el pulgar hacia el hombre de mameluco anaranjado- En todo caso Madeleine, usted conoce bien a Madeleine; no va a permitir que el dinero vaya a ningún amigo. Esa chica está mucho más cerca de la alcancía que cualquier amigo, y tiene un par de cartas en la manga.
Cuando Américo terminó de hablar el mecánico ya había llegado junto a ellos y golpeó las manos.
- ¡Bueno! Lo siento, ahora tenemos que trabajar, muchas gracias por la entrevista...será hasta otro día...gracias...hasta nunca...
Mientras hablaba el hombre iba empujando sin delicadezas a Américo hasta la salida. Ahora sería importante que los hombres de Stampa no perdieran de vista a Vonczek ni a su ayudante.
Américo desembarcó en el aeropuerto de Orly y se dirigió a la casa de Lucía. Durante esta breve separación había pensado mucho en el cariz que estaba tomando su relación. En el trayecto compró un ramillete de tulipanes, pero al entrar a la casa del boulevard Poincaré quedó sorprendido por la cantidad de esas flores que adornaban la estancia. Lucía llegó a recibirlo de muy buen humor y tomando el ramo de manos de Américo lo depositó sobre una repisa llamando a la criada para que lo acomodara.
en el departamento de la Rosaleda, Américo ya tenía en su correo electrónico la dirección de la clínica donde trabajaba Jean Luc. Había decidido alquilar un coche, también era una forma de prescindir del automóvil de Lucía. Manejó por el laberinto de la Banlieue hasta dar con la ruta número 5 a Melun donde ubicó rápidamente la clínica.
Para tener acceso al doctor Valdespins se presentó como investigador del estudio de abogados que patrocinaba a Madeleine, pero no obtuvo detalles importantes en la charla con el joven médico, pues había frecuentado durante poco tiempo a las dos muchachas y no había llegado a intimar demasiado. Sí, conocía a Vonczek, se habían cruzado un par de veces, pero nada le llamó la atención, salvo...
- Ilse era muy aficionada a los “fierros”, solía conseguir pasar como mecánico en el grupo de Vonczek, así colaba en algunos viajes. Realmente manejaba las herramientas como un hombre – Jean Luc sonrió con el recuerdo – Hacía mucha gracia verla engrasada y con una llave en la mano...
Américo frunció el ceño pero se despidió amablemente, aclarando al doctor que podría ser citado como testigo. Jean Luc se lo tomó con indiferencia y desapareció por los pasillos.

Siguiendo el juego armado con Stampa, Ilse fue citada una vez más. La compañía de seguros, “la auténtica” destacó el inspector, estaba presionando porque debían hacer efectivo el pago de la póliza. Aunque los interrogatorios, ahora en presencia de su abogado parecían inocuos, la muchacha se ponía cada vez más nerviosa. Supuestamente se trataba de confirmar o descartar la culpabilidad de Madeleine.
Otras preocupaciones comenzaron a rondar la cabeza de Américo. Poco a poco la relación con Lucía se había transformado en rutinaria. A pesar de que la mujer siempre estaba dispuesta a una salida, tomaba todo con buen humor y lo recibía cariñosamente, Américo percibía que cada vez se ocupaba más de sus empresas, reuniones de negocios y una actividad que no se condecía con el espíritu bohemio de los primeros tiempos. El hombre tampoco quería ver fantasmas y se repetía que era necesario respetar la independencia de Lucía. Pero algo se iba enfriando. Américo ya no le participaba los entretelones de la investigación ni repasaba con ella las alternativas cotidianas.
Cuando no fue posible seguir presionando a Ilse, los colaboradores del inspector siguieron con Madeleine. Contra lo que Paloukian le dijo a Lucía, todo apuntaba a que la relación con su amante había continuado, sólo que más oculta. Intercambiando los roles, Américo citó a Ilse a la “compañía de seguros”. La mujer era un hueso duro de roer, fría y racional. Del tipo que no hubiese perdonado una humillación, ni siquiera a su padre.
- No pretendemos hacer el trabajo de la policía señorita – decía el hombre finalizando la entrevista – pero casualmente nuestros informes dicen que según los mecánicos de su novio...
- ¡Nunca fue mi novio! – cortó despectiva Ilse.
- Bien, digamos de Vonczek. Según los informes decía, usted tenía acceso al taller y conoce algo de mecánica. Como comprenderá, eso aleja las sospechas de Madeleine, pero debemos probar que usted nunca tuvo a su alcance el auto de su padre.
- Jamás utilicé el auto de ese hijo de puta. Siempre tuve mis ingresos personales, mi propio vehículo y mi casa – la joven se puso de pie y ya se marchaba cuando Américo sembró otra espina.
- Nosotros sólo estamos en el tema del dinero del seguro. Para algunos es una cifra enorme, y no le extrañe que la gente que pensaba obtener una parte empeore las cosas con sus declaraciones.
- ¡No se haga el misterioso! ¿De qué gente me habla, monsieur Cicculí?
- Debo proteger mis fuentes señorita. Buenas tardes.
Con el saludo, Américo abrió la puerta de la oficina y se inclinó cortésmente sin dejar alternativa a Ilse, que salió de allí furiosa. Madeleine no tardó en llamar al profesor, llorosa y asustada por el cariz que tomaba el interrogatorio policial. “Yo sólo hacía mi vida –decía la voz en el teléfono- ella me exigía que le dijera todo, a veces se ponía violenta, quería saber dónde íbamos, qué hacíamos...todo”. Américo logró calmarla y le dijo que ahora había que desviar la atención hacia el corredor de autos. Sólo él, insistió, tenía el motivo del dinero, y sólo él sabía de autos como para hacer algo así.
Pero algo que dijo Ilse Paloukian hacía sonar una alarma en el cerebro de Américo. “Siempre tuve mis ingresos personales”.
Por la noche el profesor tuvo que encontrar la oportunidad de comentarlo con Lucía mientras se preparaban para ir a un concierto. Ella estaba radiante y dicharachera, pero cuando Américo introdujo el tema, su rostro se ensombreció y quedó en silencio unos minutos.
Por fin dijo:
- Nerses le pasaba una mensualidad, y como yo tengo un pequeño capital que heredé de mis padres, cuando se fue a Londres le regalé el departamento. Pero es verdad que muchas veces me llamó la atención el nivel de gastos de Ilse. No lleva la gran vida, reniega de lo que llama la “burguesía corrupta”, pero viaja en avión cuando le place, flota de trabajo en trabajo y estoy segura que aportó dinero para autos de carrera, son su pasión. Ahora trato de no pensar más en eso, pero alguna vez me preocupó.
La noche fue una de tantas.
de Cucciuli todo estaba como al principio. Sobre una pared la sinopsis del caso. Fotografías, notas, letreros. El calor anunciaba la proximidad del verano. Desde los sillones, con sendos vasos de vodka con jugo de pomelo en las manos, el profesor y su amigo Stampa trataban de pasar en limpio aquella madeja, murmurando contra los idiotas que no habían instalado acondicionadores en el antiguo edificio.
Hasta el momento ambos hombres coincidían en que todo indicaba a Ilse y al escurridizo mecánico. En todo caso, Vonczek era un tonto útil que podía ser convertido en chivo expiatorio. Pero no había manera de probarlo. Para empeorar, se había vencido el plazo que la compañía de seguros estaba dispuesta a darles.
Entonces Stampa concibió una jugada a todo o nada.
Al día siguiente el inspector comunicó a la compañía de seguros –a la auténtica- que no necesitaba demorar más la efectivización del pago. Américo se encargó de llamar por teléfono a Ilse y a Madeleine por separado para decir escuetamente que lo apartaban del caso y lo enviaban de viaje. En el aeropuerto de Barcelona German Vonczek era detenido por interpol con gran revuelo.
Cuando el piloto llegó trasladado a la sede de París ya había sido montado el espectáculo. Vonczek pasó frente a una cristalera y pudo ver a Ilse enzarzada en una fuerte discusión con dos policías. A un lado se divisaba a Madeleine, vencida sobre una silla y siendo interrogada por separado. Al extremo del pasillo lo esperaba la mayor sorpresa. Su mecánico descansaba cómodamente sentado con una lata de gaseosa en las manos y en aparente cordialidad con un hombre elegantemente trajeado. Vonczek quiso suponer que sería el abogado, pero nunca había visto esa cara.
Al entrar en una pequeña sala desnuda, un hombrón que apareció por sorpresa le tomó las muñecas para esposarlo, mientras le decía:
- German Vonczek, tendremos que arrestarlo por el homicidio de Nerses Paloukian y agresión contra madamme Paloukian.
- Todavía no tiene pruebas – dijo casi gritando el hombre de traje que entró a zancadas y liberó a Vonczek de las manos que lo sujetaban.
- ¿Quién es usted? – preguntó el piloto
- No se preocupe, soy un amigo – respondió el hombre – abogado por cierto.
- Tenemos testigos, “señor abogado” – dijo el gigante con sorna.
- Déjeme a solas con el acusado, tengo derecho – exigió el profesional sin mirar a nadie –usted, siéntese, tenemos que hablar.
Vonczek a esa altura hubiera hecho cualquier cosa, estaba en extremo confundido. El abogado habló con voz serena.
- Algunos se están quebrando amigo mío. Presionaron a su mecánico y para salvarse salpicó a todo el mundo, pero no tienen pruebas. A lo sumo podrán retenerlo hasta mañana.
- ¿Qué me aconseja? – la voz del piloto apenas se escuchaba.
- Siga negando todo mientras pueda, y si tiene que salvarse usted, pues, ya sabrá qué hacer.
- ¿A usted quién lo manda?
El hombre de traje hizo un gesto vago pero antes que respondiera, entró una policía femenina con Madeleine.
- ¿Éste es el hombre? –preguntó la policía y apenas Madeleine asintió con la cabeza se la llevó de un brazo.
Vonczek seguía mirando fijamente al abogado, y éste habló en un susurro:
- A nosotros nos interesa otra cosa mi amigo – dejó flotar una pausa intencional – Ya sabe, sus viajes, algunas cositas que le llevaba a Ilse, algo aquí, algo allá. Esperamos que ahora termine el negocio.
El rostro de Vonczek expresaba la mayor sorpresa e incredulidad. Se había puesto pálido.
- ¿Ilse se lo dijo?
- Bueno, digamos que la gente comenta cosas – sonrió el abogado y se puso de pie -La muerte de Paloukian nos llamó la atención, no era un crimen por cuestiones personales ¿no? – el hombre se detuvo en la puerta.
- ¡No se vaya! – estalló el piloto – quédese, tal vez acepte declarar lo que sé.
- ¿Tiene miedo ahora? – dijo el hombre poniéndole una mano sobre el hombro
- Sólo quédese, quiero que usted transmita lo que voy a decir. Quiero que me dejen tranquilo de una vez por todas, y no lo hago por la policía.
Las últimas palabras de Vonczek se perdieron en el ruido de una batahola que se había armado en el corredor. Al salir del interrogatorio las mujeres descubrieron al mecánico sentado tranquilamente y ambas lo atacaron a la vez, acusándolo de cuanto se les iba ocurriendo. La calma volvió cuando encerraron a los tres en lugares separados, pero en ese momento llegaban los abogados de Ilse y Madeleine, por lo que tendrían que dejarlas marchar.
El gigantón, que no era otro que Stampa, entró a la sala donde estaba Vonczek seguido de una taquígrafa y esperó. Finalmente el piloto comenzó a hablar.
- Todo fue un plan de Ilse. El padre sabía que ella se quedaba con algunas esmeraldas de los envíos de Brasil, pero la había estado cubriendo por temor a los socios. La gran pelea que tuvieron en Londres fue por eso, pero después comenzó a abusar y a utilizar los correos para traficar droga. Yo solamente entro en el lavado de dinero, las carreras de autos me sirven para eso. Nada más, y no quise tener nada más que ver. Aunque en una época “pasaba” piedras, lo dejé. Cuando Paloukian terminó con el negocio de droga de Ilse, ella se puso como loca y lo amenazó con matarlo. Sabía los horarios que el padre se iba a la cama con Madeleine y consiguió que la amante le informara los lugares donde se alojaban fuera de la ciudad.
La noche anterior al accidente Ilse vino a buscar a Salazar, el mecánico, y partieron juntos. No los vi más hasta un día después, cuando ya había pasado todo. Esto puedo jurarlo, pero no sé nada más.
Stampa salió exhalando un gran suspiro y esgrimiendo las hojas escritas como la espada del verdugo. El mecánico Salazar avanzaba sonriente por el pasillo, pero la manaza del inspector lo hizo retroceder.
- ¡No tanto apuro! Queda detenido por el homicidio premeditado de Nerses Paloukian, aquí- Stampa golpeó las hojas- tengo todo lo necesario para que lo condenen.
El mecánico miró desesperado detrás del inspector buscando la ayuda del hombre de traje, pero éste menó la cabeza y comenzó a caminar hacia la salida. Con esto se quebró Salazar y comenzó a gritar:
- ¡Yo no lo hice! ¡Yo solamente le presté herramientas a la loca esa! ¡Puta! ¡Mil veces puta!
- ¿Lo pone por escrito? – lo apuró Stampa
- ¡Claro que sí! ¡Ella lo hizo! ¡Ella de acuerdo con la machorra de su amante!
En pocas horas más estaban completas y firmadas las declaraciones. El broche final fue el arresto de Ilse Paloukian. Lo que faltaba se ventilaría en el juicio.
Américo Cucciuli bebía su copa de jerez masticando a conciencia las castañas de cajú. En otro extremo de la mesa, Silvio Stampa se miraba los dedos sin levantar la cabeza.
La que llevaba la conversación era Lucía.
-...así descubrí que Ilse sangraba los envíos de piedras de Brasil. Pero cuando fui a enfrentarla a Londres la cosa había empeorado. Con alguien más, que resultó ser Salazar, traficaban drogas. El tipo ése además es adicto y peligroso, pero ella no me hizo caso. Hablé con Nerses y él terminó con el asunto de las esmeraldas, pero no podía recurrir a sus socios porque Ilse correría peligro. – Lucía hizo un gesto de resignación- y así le pagó, asesinándolo.
- ¿Y ustedes? ¿Hace mucho? – preguntó abruptamente Américo.
- Tengo que explicarte –inició Stampa, pero un gesto de Lucía lo cortó.
- No, éramos amigos y sólo recurrí a Silvio para aclarar todo esto sin que participaran otras personas. Silvio pensó en tu ayuda y así nos conocimos. Te agradezco los hermosos momentos, realmente sos un tipo...
Américo terminó de un trago la copa de jerez, emitió un sonoro eructo y dijo:
- Qué bueno, entonces no hace mucho –hubo un silencio tenso – Ya pueden irse.
Y tomó otro largo trago de la botella.
El verano puede ser hermoso en Buenos Aires. O puede ser un infierno húmedo. Américo decidió que lo disfrutaría cada mañana en las veredas que aún no comenzaban a arder, cada tarde a la sombra de los árboles centenarios del Jardín Botánico, de Recoleta o Plaza Flores, donde fuera que lo llevara el paseo lejos de sus pensamientos. Por las noches se hacía más difícil, las caminatas lo llevaban por las “ruinas circulares” repasando las mismas mesas de café, las mismas librerías de avenida Corrientes. Un devenir errático del cual no lo sacaban ni los teatros, ni el cine, ni los pubs con música de jazz. No era tristeza, no era rabia...lo peor es que no era nada. Sólo ese hueco de no saber, no tener explicación.
Cuando salió del edificio y caminó por Güemes ni miró a la joven que le entregó la hoja de papel que decía “Kendra” pero sus pies lo dirigieron hacia el restaurant. Tomó contacto con la realidad cuando ya había dado unos pasos dentro del local y se sintió golpeado por música y risas. Eligió una mesa lo más apartada posible, impermeable a la alegría que brotaba de un grupo numeroso de comensales. Manos diligentes dejaron ante él un pequeño plato de sal y otro con trozos de pan blanco.
Américo miró a su alrededor absorbiendo por primera vez en largo tiempo todo lo que pasaba a su alrededor, y su vista se detuvo en un rostro conocido que le sonreía desde el grupo vecino. El mozo colocó ante sus ojos una botella de vino Noy e interpretó el gesto de sorpresa como una aprobación, descorchando y sirviendo la copa de Américo. El mozo indicó hacia hombre que desde la otra mesa invitaba un brindis que el profesor respondió.
La cena transcurrió en el mismo clima placentero, y cuando Américo acabó con el postre se felicitó por haber recuperado el apetito. En ese instante regresó una voz del pasado reciente:
- ¿Le molesta si me siento?
- Por favor, le retribuiré el café – Américo hizo un gesto acogedor – Lo menos que puedo hacer a cambio de este excelente vino.
- Estimado profesor, usted es un hombre muy eficiente, hizo un excelente trabajo – el hombre hizo un leve gesto y dos copas de brandy Ararat se sumaron al café – Pensamos que le queda mucho por hacer.
- Es verdad – Américo disfrutó del bouquet del licor- Hay mucho por hacer...ya encontraré qué...
- No estaría mal para empezar que se sume a nuestra mesa, le presentaré gente muy interesante.
- Se lo agradezco mucho pero...-iba a rechazar la oferta cuando el hombre hizo un gesto
- También hemos pensado que con medio millón en su cuenta bancaria, se pueden hacer realidad muchas cosas...
Américo se inmovilizó
- ¿Medio millón de pesos?
El hombre rió francamente.
- Medio millón de dólares profesor, sus honorarios.